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May
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La sombra del viento - Carlos Ruiz Zafón

…pero en aquel momento, leyendo cada pliegue en la ana­tomía de aquella estudiante a la que únicamente podía ver de espaldas pero que me imaginaba en tres dimensio­nes y perspectiva alejandrina, se me pusieron unos dien­tes largos como palmatorias.

—Vaya, pero si es Daniel —exclamó el profesor Veláz­quez—. Pues mira, menos mal que vienes tú y no el mama­rracho aquel de la última vez, ese con nombre de torero, que me pareció que o iba bebido o estaba para encerrarlo y tirar la llave. Imagínate que se le ocurrió preguntarme la etimología de la palabra capullo, con un tonillo de sorna muy fuera de lugar.

—Es que el médico le tiene bajo una medicación for­tísima. Algo del hígado.

—De puro torrado que va todo el día —masculló Ve­lázquez—. Yo que vosotros llamaba a la policía. Ése segu­ro que tiene ficha. Y cómo le huelen los pies, rediós, que hay mucho rojo de mierda suelto por ahí que no se lava desde que cayó la República.

Me disponía a inventar alguna excusa decorosa para disculpar a Fermín cuando la estudiante que había estado conversando con el profesor Velázquez se volvió y a mí me cayó la lengua a los pies.

La vi sonreírme y se me encendieron las orejas.

—Hola, Daniel —dijo Beatriz Aguilar.

La saludé con la cabeza, mudo al haberme descubier­to a mí mismo babeando sin saberlo por la hermana de mi mejor amigo, la Bea de mis temores.

—Ah, pero ¿es que vosotros ya os conocéis? —pregun­tó Velázquez, intrigado.

—Daniel es un viejo amigo de la familia —explicó Bea—. Y el único que ha tenido el valor de decirme algu­na vez que soy una cursi y una creída.

Velázquez me miró, atónito.

—De eso hace diez años —maticé yo—. Y no lo dije en serio.

—Pues yo aún estoy esperando a que me pida discul­pas.

Velázquez rió de buena gana y me tomó el paquete de las manos.

—Me parece que yo aquí estoy de sobra —dijo, abrien­do el paquete—. Ah, estupendo. Oye, Daniel, dile a tu pa­dre que ando buscando un libro titulado Matamoros: cartas de juventud desde Ceuta, de Francisco Franco Bahamonde, con prólogo y anotaciones de Pemán.

—Délo por hecho. Le decimos algo en un par de se­manas.

—Te tomo la palabra, y me voy ya pitando que me es­peran treinta y dos mentes en blanco.

El profesor Velázquez me guiñó un ojo y desapareció en el interior del aula, dejándome a solas con Bea. Yo no sabía adónde mirar.

—Oye, Bea, sobre lo del insulto, de verdad que…

—Te estaba tomando el pelo, Daniel. Ya sé que aque­llo era cosa de críos, y Tomás ya te dio suficientes palos.

—Aún me duelen.

Bea me sonreía en lo que parecía son de paz, o al me­nos de tregua.

—Además, tenías razón, soy algo cursi y a veces un poco creída —dijo Bea—. Yo no te caigo muy bien, ¿ver­dad, Daniel?

La pregunta me pilló totalmente de sorpresa, desar­mado, y asustado por lo fácil que era perderle la antipatía a quien se tiene por enemigo en cuanto deja de compor­tarse como tal.

—No, eso no es verdad.

—Tomás dice que, en realidad, no es que yo te caiga mal, es que no puedes tragar a mi padre y me lo haces pa­gar a mí, porque con él no te atreves. Y no te culpo. Con mi padre no se atreve nadie.

Me quedé blanco, pero en unos segundos me encon­tré a mí mismo sonriendo y asintiendo.

—Va a resultar que Tomás me conoce mejor que yo mismo.

—No te extrañe. Mi hermano nos tiene a todos cogi­do el número, lo que pasa es que nunca dice nada. Pero si algún día se le ocurre abrir la boca, se van a caer las pa­redes. Él te aprecia mucho, ¿sabes?

Me encogí de hombros, bajando la mirada.

—Siempre habla de ti, y de tu padre y la librería y ese amigo que tenéis trabajando con vosotros, que Tomás dice que es un genio por descubrir. A veces parece que piense que vosotros sois más su verdadera familia que la que tiene en casa.

Le encontré la mirada, dura, abierta, sin miedo. No supe qué decirle y me limité a sonreír. Sentí que me aco­rralaba con su sinceridad y eché los ojos al patio.

—No sabía que estudiabas aquí.

—Éste es mi primer año.

—¿Letras?

—Mi padre opina que las ciencias no son para el sexo débil.

—Ya. Mucho número.

—No me importa, porque a mí lo que me gusta es leer, y además aquí se conoce a gente interesante.

—¿Como el profesor Velázquez?

Bea sonrió de lado.

—Estaré en el primer año, pero sé lo suficiente como para verlos venir de lejos, Daniel. Especialmente a los de su clase.

Me pregunté en qué clase debía clasificarme a mí.

—Además, el profesor Velázquez es amigo de mi pa­dre. Están los dos en el Consejo de la Asociación para la Protección y Fomento de la Zarzuela y la Lírica Española.

Adopté expresión de estar muy impresionado.

—¿Y qué tal tu novio, el alférez Cascos Buendía?

Se le fue la sonrisa.

—Pablo viene de permiso en tres semanas.

—Estarás contenta.

—Mucho. Es un chico estupendo, aunque ya me ima­gino lo que debes de pensar de él.

Lo dudo, pensé. Bea me observaba, vagamente tensa. Iba a cambiar de tema, pero la lengua se me adelantó.

—Tomás dice que vais a casaros y que os vais a vivir a El Ferrol.

Asintió sin pestañear.

—En cuanto Pablo termine el servicio militar.

—Debes de estar impaciente —dije, sintiendo el sabor a mala leche en mi propia voz, una voz insolente que no sabía de dónde venía.

—No me importa, de verdad. La familia de él tiene propiedades allí, un par de astilleros, y Pablo va a estar al frente de uno. Tiene mucho talento para el liderazgo. Ya se le ve.

Bea apretó la sonrisa.

—Además, Barcelona ya la tengo vista, después de tan­tos años…

Le vi la mirada cansada, triste.

—Tengo entendido que El Ferrol es una ciudad fasci­nante. Llena de vida. Y el marisco, dicen que es de fábula, especialmente el centollo.

Bea suspiró, agitando la cabeza. Me pareció que que­ría llorar de rabia, pero era demasiado orgullosa. Se rió tranquilamente.

—Diez años y todavía no le has perdido el gusto a in­sultarme, ¿verdad, Daniel? Pues anda, despáchate a gusto. La culpa es mía, por creer que a lo mejor podíamos ser amigos, o hacer ver que lo éramos, pero supongo que yo no valgo lo que mi hermano. Perdona que te haya hecho perder el tiempo.

Se dio la vuelta y echó a andar por el corredor que conducía a la biblioteca. La vi alejarse a través de las bal­dosas blancas y negras, su sombra cortando las cortinas de luz que caían desde las cristaleras.

—Bea, espera.

Maldije mi estampa y eché a correr tras ella. La detu­ve a medio corredor, asiéndola del brazo. Me lanzó una mirada que quemaba.

—Perdóname. Pero te equivocas: la culpa no es tuya, es mía. Soy yo el que no vale lo que tu hermano o lo que tú. Y si te he insultado es por envidia a ese imbécil que tienes por novio y por rabia de pensar que alguien como tú se iría a El Ferrol o al Congo por seguirle.

—Daniel…

—Te equivocas conmigo, porque sí podemos ser ami­gos si tú me dejas intentarlo ahora que sabes lo poco que valgo. Y te equivocas también con Barcelona, porque aun que tú te creas que la tienes vista, yo te garantizo que no es así, y que si me dejas te lo demostraré.

Vi que se le iluminaba la sonrisa y una lágrima lenta, de silencio, le caía por la mejilla.

—Más te vale que digas la verdad —dijo—. Porque si no, se lo diré a mi hermano y te sacará la cabeza como si fuese un tapón.

Le tendí la mano.

—Me parece justo. ¿Amigos?

Me ofreció la suya.

—¿A qué hora sales de clase el viernes? —pregunté.

Dudó un instante

—A las cinco.

—Te esperaré en el claustro a las cinco en punto, y antes de que anochezca te demostraré que hay algo en Barcelona que aún no has visto y que no puedes irte a El Ferrol con ese idiota al que no me puedo creer que quie­ras, porque si lo haces la ciudad te perseguirá y te morirás de pena.

—Pareces muy seguro de ti mismo, Daniel.

Yo, que nunca estaba seguro ni de la hora que era, asentí con la convicción del ignorante. Me quedé viéndo­la alejarse por aquella galería infinita hasta que su silueta se fundió en la penumbra y me pregunté qué es lo que había hecho.


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